miércoles, 25 de junio de 2014

Finales de cuento


Finales de cuento

¡Cómo nos gustaban los finales de los cuentos! Leemos esas historias ahora, siendo adultos y, como por arte de magia, nos trasladamos a nuestra habitación llena de juguetes y nos visualizamos con nuestro atuendo de un niño de ¿cuántos? ¿Cuatro o cinco años? Nos encantaba ver cómo Cenicienta se ponía su zapato de cristal y podía así caminar hacia un destino feliz lejos de su madrastra y hermanastras. Disfrutábamos viendo cómo el Patito Feo se convertía en un hermoso cisne y era admirado por todos aquellos que antes lo denostaron. O cómo el príncipe sacaba a Blancanieves de su sueño eterno gracias a un beso. Nos encantaba que al final ganaran los buenos. Que la princesa fuera salvada o que al final se hiciera justicia. Nos hacía sentir que, a pesar de la situación difícil que el protagonista estaba viviendo, sucedería algo que haría cambiar las cosas. Algo mágico…

Un acontecimiento reseñable desde la Psicología Humanista y, en concreto, desde el Análisis Transaccional, es la incorporación que hacemos de esta fantasía “mágica” a nuestras vidas. Como si un resquicio de esas “historias de niños” realmente conformara nuestro propio camino.

Según esta teoría, desde que nacemos vamos “escribiendo” el guion de lo que será nuestra vida. Cuando somos bebés, además de alimento, necesitamos reconocimiento para existir. Que el otro me transmita que yo existo porque no soy indiferente para él. Y así, vamos observando de qué formas los “mayores” (especialmente, nuestros padres o figuras de apego) nos dan ese mensaje. Qué sutilezas de su comportamiento nos dicen si somos válidos para hacer lo que nos propongamos o no, si merecemos ser felices o no, si podemos disfrutar o no… Estamos muy atentos a todo ello, al fin y al cabo necesitamos conocer quiénes somos y validar el hecho de haber nacido. Y, poco a poco, de esta forma, vamos creando el personaje que mejor se ajusta a todos esos mensajes, algunos explícitos, otros muchos no tanto, para así formar parte, de la mejor manera posible, del entorno en el que hemos nacido. Muchas veces, ese personaje no es un superhéroe, sino un chico tímido al que protegen cada vez que se pone colorado. O una chica rebelde llena de piercing a la que no paran de castigar, siendo esa la única forma de relación con unos padres muy ocupados. O un ejecutivo estresado del que su familia está muy orgullosa porque ha llegado a ser jefe de la empresa. No, no siempre el personaje es un superhéroe, ni su guión el de una historia fácil. Es más, en la mayor parte de las ocasiones, sucede que nuestro guion, la historia que nos creamos de lo que va a ser nuestra vida, no es agradable...

Curiosamente, la de los protagonistas de nuestros cuentos tampoco lo es. ¿O acaso era fácil la vida de una chica que tenía que ser la criada de su malvada madrastra y sus caprichosas hermanastras? ¿O la de un patito del que todos se reían por no ser igual que los demás? ¿O el de una niña a la que su madrastra quiere matar por ser la más bella? Quizá por eso nos resultaron significativos estos personajes. De alguna manera, sintonizamos con alguno de ellos, lo convertimos en nuestro favorito, y su historia en la que más nos gustaba leer. Y, sobre todo, nos gustaba porque existía una feliz solución al conflicto que sucedía.

Sin olvidar que el guion lo vamos conformando en nuestra más temprana infancia, no es de extrañar que, como ocurre en los cuentos, uno de los elementos que lo sostiene es la idea de que, al final, sucederá algo que nos liberará de él y del sufrimiento que nos genera. Por ejemplo, que ese chico tímido conocerá a alguien que le querrá y le hará ver lo valioso que es; o que la chica rebelde con piercing finalmente encontrará un trabajo donde su imagen y talento será valorados, y sus padres se darán cuenta de que estaban equivocados con ella; o que el ejecutivo podrá disfrutar de una jubilación llena de viajes y lujos donde encontrará a una mujer maravillosa que le quiera. Sin embargo… ¿qué tienen en común todos estos finales? ¿Qué tienen en común con los finales de cuento? Que mientras mantengamos esa fantasía, no nos haremos responsables de nuestro propio guion de vida. José Luis Martorell, en su libro El guion de vida, sostiene que la “ilusión de libertad defiende de la desesperación y la depresión que puedan surgir al verse presa de un guión” (p. 156) y, a su vez, nos evita hacernos responsables del mismo, ya que algo mágico sucederá y nos liberará del malestar. Nos angustiaría mucho pensar que ese chico tímido no consigue encontrar a nadie que le valore; que la chica rebelde no logra encajar en ningún trabajo; o que el ejecutivo pasa el final de su vida solo… Es demasiado doloroso, aunque puede ser el trágico final de unos guiones tan limitantes… porque ¿qué habría pasado con Cenicienta si no la busca el príncipe; si el patito feo no es un cisne, sino realmente un ave poco agraciada; o si Blancanieves no es rescatada por los enanitos ni besada por el príncipe?

No confundamos esta fantasía con la ilusión. Es maravilloso tener deseos e ilusiones. Es motor de la vida. La clave para diferenciarlas de esta fantasía reside en tomar conciencia de en qué medida está ilusión es precisamente ese motor de vida o, por el contrario, nos sirve para no responsabilizamos de nosotros y de nuestro bienestar.

Tampoco interpretemos la responsabilidad sobre nuestra vida como una idea de autosuficiencia férrea mal entendida, en la que no nos podemos permitir pedir ayuda a los demás (eso también es dañino y limitante). Hay una diferencia abismal entre pedir ayuda y esperar a que alguien "nos salve". En el primer caso,  estamos siendo dueños de nosotros y de buscar nuestro equilibrio... y eso... eso es responsabilidad.

Por eso, porque tenemos derecho a crear nuestra felicidad, me gustaría finalizar este post imaginando cómo habría sido la historia de uno de nuestros personajes de cuento si, en lugar de depender de la llegada de algo o alguien que la salve de su drama (ya que eso puede suceder o no), se hubiera responsabilizado de su vida.

Cenicienta, cada mañana miraba por su ventana y veía un mundo por descubrir y del que disfrutar. Ella tenía derecho a ser feliz, a salir de aquel “encierro” de servidumbre. Así que decidió, poco a poco, ir buscando la forma de lograr ser libre y valerse por sí misma. Cada día que iba al mercado a comprar comida, empezó a hablar con gente nueva, a relacionarse con los demás, a pedirles ayuda. Finalmente, empezó a trabajar en uno de los puestos. Con el dinero que ganaba podía pagarse la habitación en la que vivía. Por fin era libre. Y eso le hacía tan, tan feliz. Después de trabajar, al no tener que servir a nadie, pudo retomar sus estudios y finalmente se convirtió en maestra. Se sentía muy realizada enseñando a los demás, viendo cómo los pequeños iban creciendo en armonía y sabiduría. Se sentía plena. Un buen día, al llegar a la escuela recibió una invitación de palacio… Era para un baile … Y todas las doncellas casaderas habrían de ir… 
  

Todos tenemos derecho no sólo a un final feliz, sino a una historia de vida plena. Y nadie más que uno mismo puede escribirla.

¡Feliz verano!




REFERENCIAS:

Martorell, J.L. (2000). El guión de vida. Bilbao: Editorial Desclée de Brouwer, S.A.
Colaboración fotográfica de JAGFotografía www.jagfotografia.es

miércoles, 7 de mayo de 2014

Cuentos no contados III: Sin embargo, feliz...







Sin embargo, feliz...


Ramiro es un hombre de negocios. “Director ejecutivo”, presenta su tarjeta de visita. Cuenta con un equipo de más de 50 personas y su empresa está en expansión. Se casó hace 15 años con Belén, su actual esposa. Tienen tres hijos, una casa y dos coches. También tienen un chalet en la playa. Capricho de Belén. Él no dispone de mucho tiempo para ir allí, sus obligaciones profesionales se lo impiden.

Ramiro lo tiene todo: dinero, éxito, amigos, familia… Se mira cada mañana al espejo y se siente satisfecho. Corren tiempos de crisis y él, no sólo no ha visto empeorada su situación profesional, sino que la ha mejorado notablemente. Su padre estaría muy orgulloso. Ha trabajado muy duro. 

Como cada mañana, Ramiro lee el periódico mientras toma su café con una gota de leche. En la sección de “Curiosidades”, encuentra una noticia con un titular que le llama la atención: Manuel, el hombre más feliz del mundo. Continúa leyendo y descubre que Manuel es un preso de unos 60 años, que lleva más de 10 años en la cárcel. Recientemente, ha publicado un libro donde cuenta su experiencia y habla de él como una persona dichosa. Un prestigiosa universidad se hizo eco de su historia y, tras hacer un estudio, le ha declarado la persona más feliz del mundo.

- Un preso¿Cómo puede ser? -Ramiro no daba crédito. No lo entendía. ¡No entendía nada!- ¡No es justo! Yo merezco ostentar ese puesto, he luchado mucho por llegar a donde estoy- pensó.

Sin saber qué le movió a hacerlo, decidió armarse de valor e ir a visitar a Manuel. Necesitaba conocerle y comprobar que eso que decía la noticia no era cierto. Quería averiguar si realmente, como intuía, era un chalado cuyo afán de protagonismo era el único aliciente de una vida rutinaria y gris entre rejas. Cuando entró por la puerta de la cárcel, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Qué lugar más hostil, lúgubre y triste… Cada vez entendía menos y mayor era la inquietud que le embargaba. Incluso empezaba a estar molesto con todo este tema. Se sentía engañado, estafado. En su pensamiento, acusaba al periódico de publicar noticias sensacionalistas y sin contrastar. Además ¿qué tipo de universidad declaraba algo así? Pondría una queja en cuanto saliera de allí.

Por fin, apareció Manuel. Ramiro vio entrar por la puerta a un hombre sereno, con expresión tranquila, caminar erguido y mirada limpia. Extrañamente, su desasosiego y enfado comenzaron a convertirse en mayor curiosidad por ese hombre. Cuando llegó a la mesa donde le esperaba, Manuel le tendió la mano y le saludó con una voz cálida y acogedora. Ramiro, recobrando su indignación, fue rápidamente al grano: -¿Cómo puedes ser feliz estando aquí?,-le preguntó. El preso se sentó y, sin contestar a la cuestión, lanzó otra pregunta:

-Dime, Ramiro ¿tú eres feliz?

-¡Por supuesto que lo soy! -contestó Ramiro desconcertado y con un enfado que iba en aumento.

-¿Seguirías siéndolo si tu empresa se arruinara, si tu mujer falleciera, si tus hijos se olvidaran de ti haciendo su vida? ¿Seguirías siéndolo si tuvieras que pedir para comer y vivir en la calle, terminando incluso en la cárcel?

-No, claro que no. ¡Eso es horrible!

-Entonces, ahí tienes la respuesta a tu pregunta, Ramiro.

-¿Cómo? ¡No entiendo!

-Tu felicidad depende de muchas cosas. No existe como un estado de paz contigo mismo, de desprendimiento y conexión con lo más profundo de ti. Eres preso de todo lo que tienes. De que todo eso exista y se mantenga para ser feliz. Lo necesitas. Me preguntas cómo puedo ser feliz estando en la cárcel. Y la respuesta es: porque, a diferencia de ti,... YO SOY LIBRE.




REFERENCIA:

Fotografía de atardecer cedida por el fotógrafo Javier Ales www.jagfotografia.es   





miércoles, 9 de abril de 2014

Lágrimas que riegan el alma





Lágrimas que riegan el alma


Ya ha llegado la primavera. La Naturaleza danza en un baile de colores, aromas, brillos… Se transforma, muestra toda su belleza. La admiramos y la disfrutamos... la estábamos esperando. Pero la Naturaleza también son hojas que se caen, árboles desnudos, plantas sin flores, ramas secas, campos amarillos… Eso también es Naturaleza.


Hace poco paseaba por un parque y empecé a reflexionar sobre las fases de la vegetación. Cómo “muere” para renacer pero, sobre todo, cómo esa muerte es necesaria para resurgir con esplendor. De repente, vino a mi mente la idea de que quizá nuestros ciclos vitales, nuestras crisis, nuestras “muertes” a lo largo de la vida tengan la misma función que el invierno en la Naturaleza: regar nuestra alma para que renazca florecida.


Me pregunto ¿qué pasaría si la humanidad no experimentara el dolor emocional, si estuviera en una situación de bienestar constante? No tengo una respuesta científica pero sí una teoría que contrasto, no sólo con mi propia experiencia personal, sino cada vez que acompaño en su proceso a las personas que llegan a consulta. El dolor tiene la función de movilizarnos hacia el desarrollo. “Dolor” y “duelo” tienen la misma raíz etimológica, por lo que podríamos pensar que realmente se trata del proceso de pérdida de una situación para encaminarnos a otra. Pero yo iría más allá… y es que en un proceso doloroso no sólo tenemos tendencia a buscar recuperar nuestra condición anterior, sino que la propia experiencia dolorosa puede llevarnos a un estado de mayor iluminación y consciencia.


Llegados a este punto, cabría añadir un poco más de complejidad al asunto. ¿Qué sucede con el sufrimiento? Psicológicamente, existe una diferencia entre dolor y sufrimiento. Una distinción, para mí muy clara, es la que se realiza en este artículo, donde se considera que “el dolor nos remite a una vivencia anclada en algún tipo de sensación concreta e identificable […] que está ocurriendo en un espacio concreto, el cuerpo, y durante un tiempo determinado. El dolor, si atendemos a esa acepción, nos remite al presente”. Respecto al sufrimiento, señala que “se nutre y ubica en el lugar contrario: un tiempo y un espacio distintos del momento presente […]. Sufrimos por lo que ocurrió o por lo que creemos que ocurrirá, o bien por lo que creemos que está aconteciendo. […] Es el producto de una construcción mental, de una interpretación. Como decía Buda: el sufrimiento no es real”. Por tanto, se puede intuir que mientras el dolor si encaja en la idea de funcionalidad y evolución, el sufrimiento está muy alejado de la misma… 


No sé por qué, siento cierta inquietud con esta conclusión. ¿Acaso hay alguien que no haya sufrido alguna vez, que haya experimentado un dolor prolongado por algo que sucedió en pasado, por ejemplo? ¿Qué nos lleva a sufrir? ¿Forma parte de la condición humana? De nuevo, no puedo aportar más que otra teoría personal. Al hacerlo, quiero romper una lanza por el sufrimiento. Atenderlo y entenderlo. Quizá sea una construcción mental pero creo que hay algo, en un nivel más profundo, que nos lleva a generarlo. Quizá sea algo que se encuentra en el inconsciente colectivo de la humanidad. Quizá sea una angustia existencial anclada en el hombre en el mismo momento en que es consciente de su existencia y busca comprenderla. Quizá el sufrimiento se calme en la medida que esa angustia se transforme en sentido existencial. Quizá tan sólo necesitamos darnos permiso para existir...


Parece que la gran diferencia entre dolor y sufrimiento es que, mientras el primero es ineludible, el segundo puede darse en mayor o menor medida (y llegar a no darse?). Alejandro Jodorowsky dijo que "el dolor es un aspecto inevitable de nuestra existencia mientras que el sufrimiento depende de nuestra reacción frente a ese dolor". Todo estribará en el nivel de conexión con la angustia existencial que sintamos y de los recursos de los que dispongamos para integrar el sentido de la existencia, los cuales tienen mucho que ver con nuestra experiencia vital. El camino es lograr que esas lágrimas únicamente rieguen... sin ahogar.


Sé que todo lo que aporto aquí son conjeturas, algunas de ellas bastante abstractas y complejas, por lo que continuaré profundizando estas ideas más adelante. Mi intención tan sólo ha sido empezar a reflexionar e intentar dar un poco de luz a algo tan humano como el dolor y el sufrimiento para, así, darnos el permiso de trascenderlos y... FLORECER.






REFERENCIAS:









miércoles, 5 de marzo de 2014

Viajeros del mismo destino

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Viajeros del mismo destino


Bajo corriendo las escaleras. No llego a tiempo para coger el metro. Siete minutos de espera. Llegaré tarde. No me importa. Me siento en un banco del andén. Abro mi libro. Continúo en la página 72. Leo dos líneas. Subo la mirada. Creo que este libro no es muy interesante. Reparo en la gente de mi alrededor. Otorgo un carácter literario a lo que observo. El libro no me lo aporta. Las personas de este andén son compañeros de espera... de un futuro tren. Se muestran con cierto aire teatral, como si estuvieran allí representando el papel de su vida.


Un hombre. Rondará los 50 años. Lee atento el periódico. Su gesto muestra un sutil desaire. Lo que lee no le está gustando. Noticias de una inminente guerra en un país cercano. El mundo es un lugar hostil. Él no lo sabe, pero lo que lee le genera cierto desasosiego. Una guerra, la muerte, le da miedo. Un hombre no puede estar asustado. Entonces se enfada. Sigue sin ser consciente de lo que sucede en su interior. Un chico pasa a su lado caminando rápido. Lleva auriculares en las orejas y mochila en un hombro. Le golpea a su paso. No vuelve la vista para ver qué ha sido aquello que ha entorpecido su camino. El golpe del chico desata la ira fraguada de aquel hombre. Empieza a gritarle. El hombre del periódico está enfadado. Enfadado porque un hombre no puede estar asustado. Pero él no lo sabe. Le da miedo no existir.

El chico continúa su camino. La música le sumerge en sí mismo. Es un chico rebelde. Necesita sentir que el mundo es suyo. Busca sentirlo a golpes. Los mismos golpes que le daba su padre cuando llegaba muy tarde a casa y él quería jugar. Se ponía muy pesado y desobediente. Echaba de menos a su padre. No quería dormir. Quería jugar, hablar con él. Quería que le abrazara. Que le mirara. Si nadie le mira ¿existe? Que le mirara, aunque fuera para gritarle. Que le miren aunque sea para gritarle. Le da miedo no existir.

A mi lado se sienta una chica. No supera los 20 años. Repasa ansiosa los apuntes antes del examen. Anatomía Patológica. ¡Qué asignatura más difícil! Tiene que aprobarla. Es más, tiene que sacar una buena nota. La mejor. Tiene que llegar a ser la mejor médico. ¿Y si no lo es? ¿Qué es ella si no es la mejor médico? Prefiere no pensarlo. Le da miedo no existir.

Me levanto del asiento. Queda un minuto para que llegue el metro. Me sitúo al lado de una mujer que mira su móvil. Acaba de escribir Roberto. ¡Maldito e-mail! ¡Descárgate de una vez! ¿Querrá volver a quedar? La cena del otro día fue bien. Ella se mostró amable, atenta y muy sensual. ¿Esta vez saldrá bien? No sabe si podrá soportar otra ruptura. ¿Por qué no funcionan sus relaciones? Le aterra la idea de envejecer sola. Sola… Nadie que le recuerde que es valiosa. Le da miedo no existir.

Envejecer… La sociedad lucha constantemente contra el paso del tiempo. Miles de anuncios de cremas antiarrugas. Noticias de famosas operadas. La señora que tengo delante debe saber mucho de esto. Mira con mucha atención una revista de moda y belleza. “Cómo perder 5 kilos en una semana”. “Los mejores productos para tonificar tu piel”. Si ella pudiera ser 20 años más joven. Se comería el mundo. Ahora el mundo se la ha comido a ella. Una cincuentona, con unos cuantos kilos de más, acompañada de su "amiga" la menopausia y unas apreciables arrugas. Ya nadie la va a mirar. Le da miedo no existir.

Por fin aparece el metro. Todos, de repente, salimos de nuestras actividades, pensamientos y emociones para observar la llegada del tren. Como si fuéramos uno, nos encaminamos hacia el mismo lugar. Esperamos a que se abran las puertas. Gente que baja. Nos miramos. Queremos subir antes de que se vuelvan a cerrar. Alguno se cuela. Otro cede el paso. Subimos. El tren nos llevará a nuestro destino. Portadores de similares anhelos, preocupaciones y miedos…por unos minutos… por una vida… somos compañeros de travesía. 



REFERENCIAS:

Imágenes cedidas por la fotógrafa Gema Sánchez Nájera "La mirada de Gema": http://www.lamiradadegema.es/  


viernes, 14 de febrero de 2014

Carta de amor






Carta de Amor

Querida mamá:

Hoy, por primera vez, he sentido una alegría interna, profunda, serena… Una alegría que llegó tras una intensa tristeza. Un dolor que, en este momento, puedo valorar como el impulso que me ha llevado a dar el salto. Hoy, más que nunca, tengo presente esa idea que dice que es necesario conectar con nuestra sombra para encontrar, en lo más profundo de la misma, el origen de nuestra luz.

Bien sabes que toda mi vida he luchado por una meta formada en torno a un "ser perfecta" pesado, molesto, angustiante y que impregnaba todo aquello cuánto había a mi alrededor. Mis estudios, mis amistades, mi forma de relacionarme, mi rol en la familia… Lo impregnaba, convirtiendo todo lo que me rodeaba en un tremendo enemigo que me ponía a prueba. Todo era agobiante, oscuro, complicado. Nunca me sentía plena, siempre tenía miedo. Un terror que, hasta hace poco, no descubrí relacionado con un pensamiento mágico sobre la catástrofe que supondría no hacer las cosas correctamente.

Sin embargo, capricho de la mayor de las maestras que es la vida, mi destino me llevaría a comprobar cómo todos esos esfuerzos no serían garantía de bienestar. Hoy me he dado cuenta, no sólo con mi mente, sino también con mi cuerpo y mi alma, que he vivido toda mi existencia siendo mi propia enemiga. No eran las circunstancias, mamá, era sólo yo. Una enemiga cruel, perversa, malvada conmigo misma. Una enemiga que se colaba en cada un minuto de mi vida para recordarme lo poco que merecía estar en este mundo. Sé que te entristece leer esto… pero te lo cuento porque, desde este momento, te tengo y te tendré cada día más presente.

Lo haré porque me di cuenta de cómo vivía en lucha constante conmigo, cuando el sentido de la vida no consiste en otra cosa que en vivir en coherencia y armonía con uno mismo. Perdonarse, aceptarse, quererse… Y eso sólo tú has sido capaz de dármelo. No es tarea fácil y menos en la “sociedad crítica”. Una sociedad que hace que sientas como real la felicidad hermanada con el éxito profesional, el poder o ser el mejor. Desde que nacemos, comenzamos el camino hacia la vida en incoherencia. Todos los introyectos sociales, familiares, escolares… suelen participar en la batalla armados con cascos y espadas, persiguiendo el propósito de “desconectarnos” de nuestro ser y del camino del equilibrio interior. Y es que parecen construidos sobre la idea de rechazo de la existencia del ser humano, como si no mereciera haber nacido ni pertenecer a este mundo. Bien sabes que eso es horrible y que lo que hay debajo de todo eso es un miedo existencial muy profundo. Miedo que, al parecer, hay que rechazar... cuando lo único que hay que hacer es darle amor y comprensión

He podido comprobar cómo las manifestaciones de esa guerra interior pueden variar mucho de unos a otros: una elevadísima autoexigencia; una intensa necesidad de complacer al otro; la necesidad de no asumir nunca la responsabilidad; el aislamiento; etc. En cualquier caso, la búsqueda de la coherencia interior requiere la disposición de entrar en un camino de autoconocimiento. Trascender el miedo que implica no responder a las pautas sociales sino a tu interior. Quizá implique romper con valores o creencias férreamente instaladas. Descubrir que la felicidad no está en llegar a la cima, sino en caminar hacia tu propia cima. Quizá tan sólo suponga la heroica hazaña de amarse… sin más.

Hoy he descubierto mi camino y por él pienso pasear, bailar, saltar, correr, sentarme… porque es mi regalo de vida, porque merezco estar aquí. Sólo tú sabes que es verdad. Acompáñame por él. De la mano, tú y yo.
Te quiere,

Tu niña.



miércoles, 22 de enero de 2014

Cuentos no contados II: "Y de repente... llegó la lluvia"








CUENTOS NO CONTADOS II: "Y de repente... llegó la lluvia"


Hace mucho, mucho tiempo, existía un pequeño reino llamado Monocrópolis. En ese reino, no había colores. Sus habitantes no conocían el azul, el rojo o el amarillo porque todo era blanco, negro y gris.

Las personas que allí vivían también tenían esa tonalidad. No obstante, era posible distinguir a qué familia pertenecía cada uno. Si nacías en la familia de los Azabache, tu ropa, tu pelo, y todo lo que llevaras contigo tenía que ser de un color negro profundo. Por el contrario, si formabas parte de los Marengo, todo lo que te rodeara debía tener una tonalidad gris.

Pero en Monocrópolis sucedía algo aún más curioso. El cielo nunca tenía nubes. Ni blancas, ni grises, ni de esas prácticamente negras que vaticinan una gran tromba de agua. Es decir, en ese reino nunca llovía ni hacía frío. Siempre hacía una temperatura muy agradable, por lo que sus habitantes apenas necesitaban ropa para cubrirse, más allá de la imprescindible para identificarse como perteneciente a su familia. Sin embargo, aquellas personas no podían disfrutar de las sensaciones que provocan los colores de un atardecer, de un fruto, de un prado…

La vida en ese reino era tranquila y segura. Todo estaba organizado y controlado. Apenas había problemas. Parecía como si las emociones de sus habitantes también fueran de un tono neutro. Lo importante era luchar para mantener esa seguridad, teniendo cuidado de que cada persona se identificara con su familia para así saber quién es, no confundirse y estar a salvo.

Una de sus habitantes, Iris, la más joven de la familia Perla, era conocida en Monocrópolis por su carácter rebelde e inconformista. Desde pequeña, siempre intentaba saltarse la norma y vestir ropas diferentes al gris que correspondía a su familia. A veces, se ponía un blanco puro, otras veces, algo negro. Esto le ocasionaba muchos problemas con los suyos y, además, nunca llegaba a sentirse plena… Necesitaba algo más...

Una noche, Iris tuvo un sueño. Soñó que vivía en un sitio diferente, un sitio que tenía un aspecto especial, con otros matices. No sabía lo que era, sólo sabía que le encantaba. Desde entonces, Iris sentía la necesidad de encontrar ese lugar. Para ello, intuía que tenía que “escapar” de Monocrópolis. Con el tiempo, consiguió salir de aquellas fronteras y no se volvió a saber de ella.

Pasaron los años y la vida seguía igual en aquel pequeño reino. Cierto día, sucedió algo horrible. Llegó un mensajero del reino vecino con una misiva que les comunicaba que en unas semanas iba a llegar una borrasca a esa zona. Los monocropolianos asustados no sabían qué hacer. Conocían lo que era una borrasca por aquellos libros de Historia donde se contaba cómo hacía siglos el reino era azotado por fuertes vendavales, lluvias, nieves… Hasta que decidieron protegerse creando una cúpula que cubriera sus tierras de estas inclemencias a cambio de perder algo que venía a denominarse “color”. Pero esa cúpula se había empezado a quebrar hacía tiempo y no sabían si esta vez iba a soportar la fuerza del ciclón. Se morirían de frío, todo se perdería. ¿Qué podrían hacer?

La noticia de esa inquietud llegó hasta Iris, quien vivía en un pequeño pueblo no muy lejos de Monocrópolis. Tras un ejercicio de reflexión, decidió volver a ayudarlos… Llegó en un carruaje lleno de un material extraño. Iris se instaló en la plaza central y empezó a tejer. Empezó a tejer jerséis, bufandas, gorros, guantes… Cada prenda tenía un color distinto. Unos colores era brillantes, otros más suaves. Lo monocropolianos se acercaron a ver qué sucedía llenos de curiosidad y cierto recelo. Iris les contó que esas prendas les permitirían sobrevivir a la borrasca. Para ello, tendrían que elegir aquella que más les gustara. Era muy importante que se la pusieran y observaran qué sentían. Si sentían paz interior, era la prenda del color adecuado. Poco a poco, los habitantes fueron cogiendo y probándose distintas prendas… Los monocropolianos se veían extraños con aquellas ropas y aquellos colores. El hijo mayor de los Azabaches iba de azul claro. La pequeña de los Plata eligió un jersey de color naranja intenso. Y así, cada uno empezó a sentirse diferente y único. Incluso alguno descubrió que el color que le hacía sentir bien no era el negro grafito de su familia sino el blanco grisáceo de la familia vecina.

Y de repente… llegó la lluvia. El cielo se llenó de nubes. Los monocropolianos tenían mucho miedo. Pero Iris les indicó que bailaran bajo la lluvia y que descubrieran lo bueno que podría traerles. Y así, con la lluvia, sucedió algo maravilloso… Observaron cómo el agua caía sobre ellos y cómo iba desprendiendo los colores de sus ropas. Estos colores empezaron a impregnar todo lo que se encontraban a su alrededor. Las hojas, las flores, su piel, su pelo, el cielo, las montañas,… Sentían frío pero también se sentían parte del mundo en el que vivían y únicos en lo que aportaban al mismo. Su baile continuó lleno de fuerza incluso cuando llegó el sol, un sol que les mostró lo brillante que llegaba a ser su color.



Desde entonces, cuenta la leyenda, que los monocropolianos aprendieron a tejer las prendas con las que "pintaban" el mundo. Y cada vez que llegaba una tormenta, le daban las gracias por ser aquello que les permitió descubrir su verdadero yo.


lunes, 30 de diciembre de 2013

"... Y en el adiós ya estaba la bienvenida"



"... Y en el adiós ya estaba la bienvenida"



El adiós es uno de los actos que más nos cuesta en nuestra vida. Implica pérdida, separación, dejar atrás algo o a alguien…  Por tanto, está unido a un proceso de duelo. Un reajuste hacia esa nueva “etapa sin…”. En él, pasamos por diferentes fases y emociones. El desconcierto, la negación, la tristeza, la rabia, el miedo, la angustia,…  En ocasiones, este proceso puede asustarnos por su intensidad. Otras veces, no lo vivimos hasta mucho tiempo después. No obstante, es un camino inevitable… pero también un camino con un final. Este final pasa por agradecer a aquello de lo que nos estamos despidiendo todo lo que nos ha aportado, y decir un adiós que realmente implique poder mirar hacia el futuro.


Vivimos pérdidas constantemente. Algunas insignificantes como, por ejemplo, aquel jarrón que rompiste el otro día, o el cierre de esa fiesta en la que tanto disfrutaste. Y lo más curioso de todo es que algunas pérdidas sí que estamos deseando vivirlas. Por ejemplo, el final de año. Siempre por estas fechas escucho frases del tipo “a ver si se acaba ya este maldito año” o “qué ganas de que llegue el año nuevo a ver si trae aire fresco”… Parece como si nos apegáramos al futuro con la fantasía de que nos dará algo mejor… para volver tristemente a terminar el siguiente año con la misma sensación… 


Quizá sea bueno empezar a romper un poco de esta dinámica. Romperla pasa por realizar un ejercicio de toma de responsabilidad sobre nuestras vidas, nuestras elecciones y nuestra decisión sobre cómo vivir las cosas que nos sucedan. Será un trabajo de despedida, un trabajo de duelo muy especial.


El primer paso consistirá en tomar conciencia de cómo hemos vivido el año que acaba, más allá de cómo éste ha sido. Las circunstancias pueden ser similares para muchas personas y, sin embargo, la manera de vivirlas muy diferente. Por otro lado, te animo a que no sesgues tu percepción de la realidad, sino que también lleves tu atención a las buenas vivencias que hayas tenido en este año. Quizá al principio te resulte complicado, sólo da permiso a tu mirada para que los vea. 


Por tanto, cierra los ojos, relájate y, como si vieras una película, obsérvate a lo largo del 2013. Remóntate a la primera etapa del año, el invierno. Qué cosas sucedieron y cómo las sentiste. Avanza a la primavera, al verano hasta llegar de nuevo al otoño. Obsérvate en todo el recorrido del año. Cómo estabas. Qué decisiones tomaste. Qué has aprendido. Dónde estabas al comienzo y dónde estás ahora. 


Céntrate ahora en aquello a lo que dices adiós. Aquello que no quieres llevar contigo en el 2014. Aquello que, aunque pueda estar, no lo hará de la misma forma porque has decidido que así sea. Por último, enfoca tu atención en aquello que sí quieras llevar contigo, tus logros y aprendizajes. Tu crecimiento, tu movimiento... Estate muy atento, porque existen. Siempre existen. 


Por último, piensa en tus propósitos. Observa si estás siendo muy exigente contigo al definirlos; qué ocurre si no los cumples; si están en coherencia con lo más profundo de ti; y si te dan alegría interior. Que tus deseos no sean otra forma de oprimirte, sino de estar en el mundo.


Y desde ahí, desde la toma de consciencia de tus logros, de tu crecimiento, de tu ilusión y de tu responsabilidad, con un gran respeto, di adiós a la persona que vivió el 2013 y hola a la que va a vivir el 2014.


¡Felices 365 nuevas oportunidades!




"Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida" Mario Benedetti.