miércoles, 22 de enero de 2014

Cuentos no contados II: "Y de repente... llegó la lluvia"








CUENTOS NO CONTADOS II: "Y de repente... llegó la lluvia"


Hace mucho, mucho tiempo, existía un pequeño reino llamado Monocrópolis. En ese reino, no había colores. Sus habitantes no conocían el azul, el rojo o el amarillo porque todo era blanco, negro y gris.

Las personas que allí vivían también tenían esa tonalidad. No obstante, era posible distinguir a qué familia pertenecía cada uno. Si nacías en la familia de los Azabache, tu ropa, tu pelo, y todo lo que llevaras contigo tenía que ser de un color negro profundo. Por el contrario, si formabas parte de los Marengo, todo lo que te rodeara debía tener una tonalidad gris.

Pero en Monocrópolis sucedía algo aún más curioso. El cielo nunca tenía nubes. Ni blancas, ni grises, ni de esas prácticamente negras que vaticinan una gran tromba de agua. Es decir, en ese reino nunca llovía ni hacía frío. Siempre hacía una temperatura muy agradable, por lo que sus habitantes apenas necesitaban ropa para cubrirse, más allá de la imprescindible para identificarse como perteneciente a su familia. Sin embargo, aquellas personas no podían disfrutar de las sensaciones que provocan los colores de un atardecer, de un fruto, de un prado…

La vida en ese reino era tranquila y segura. Todo estaba organizado y controlado. Apenas había problemas. Parecía como si las emociones de sus habitantes también fueran de un tono neutro. Lo importante era luchar para mantener esa seguridad, teniendo cuidado de que cada persona se identificara con su familia para así saber quién es, no confundirse y estar a salvo.

Una de sus habitantes, Iris, la más joven de la familia Perla, era conocida en Monocrópolis por su carácter rebelde e inconformista. Desde pequeña, siempre intentaba saltarse la norma y vestir ropas diferentes al gris que correspondía a su familia. A veces, se ponía un blanco puro, otras veces, algo negro. Esto le ocasionaba muchos problemas con los suyos y, además, nunca llegaba a sentirse plena… Necesitaba algo más...

Una noche, Iris tuvo un sueño. Soñó que vivía en un sitio diferente, un sitio que tenía un aspecto especial, con otros matices. No sabía lo que era, sólo sabía que le encantaba. Desde entonces, Iris sentía la necesidad de encontrar ese lugar. Para ello, intuía que tenía que “escapar” de Monocrópolis. Con el tiempo, consiguió salir de aquellas fronteras y no se volvió a saber de ella.

Pasaron los años y la vida seguía igual en aquel pequeño reino. Cierto día, sucedió algo horrible. Llegó un mensajero del reino vecino con una misiva que les comunicaba que en unas semanas iba a llegar una borrasca a esa zona. Los monocropolianos asustados no sabían qué hacer. Conocían lo que era una borrasca por aquellos libros de Historia donde se contaba cómo hacía siglos el reino era azotado por fuertes vendavales, lluvias, nieves… Hasta que decidieron protegerse creando una cúpula que cubriera sus tierras de estas inclemencias a cambio de perder algo que venía a denominarse “color”. Pero esa cúpula se había empezado a quebrar hacía tiempo y no sabían si esta vez iba a soportar la fuerza del ciclón. Se morirían de frío, todo se perdería. ¿Qué podrían hacer?

La noticia de esa inquietud llegó hasta Iris, quien vivía en un pequeño pueblo no muy lejos de Monocrópolis. Tras un ejercicio de reflexión, decidió volver a ayudarlos… Llegó en un carruaje lleno de un material extraño. Iris se instaló en la plaza central y empezó a tejer. Empezó a tejer jerséis, bufandas, gorros, guantes… Cada prenda tenía un color distinto. Unos colores era brillantes, otros más suaves. Lo monocropolianos se acercaron a ver qué sucedía llenos de curiosidad y cierto recelo. Iris les contó que esas prendas les permitirían sobrevivir a la borrasca. Para ello, tendrían que elegir aquella que más les gustara. Era muy importante que se la pusieran y observaran qué sentían. Si sentían paz interior, era la prenda del color adecuado. Poco a poco, los habitantes fueron cogiendo y probándose distintas prendas… Los monocropolianos se veían extraños con aquellas ropas y aquellos colores. El hijo mayor de los Azabaches iba de azul claro. La pequeña de los Plata eligió un jersey de color naranja intenso. Y así, cada uno empezó a sentirse diferente y único. Incluso alguno descubrió que el color que le hacía sentir bien no era el negro grafito de su familia sino el blanco grisáceo de la familia vecina.

Y de repente… llegó la lluvia. El cielo se llenó de nubes. Los monocropolianos tenían mucho miedo. Pero Iris les indicó que bailaran bajo la lluvia y que descubrieran lo bueno que podría traerles. Y así, con la lluvia, sucedió algo maravilloso… Observaron cómo el agua caía sobre ellos y cómo iba desprendiendo los colores de sus ropas. Estos colores empezaron a impregnar todo lo que se encontraban a su alrededor. Las hojas, las flores, su piel, su pelo, el cielo, las montañas,… Sentían frío pero también se sentían parte del mundo en el que vivían y únicos en lo que aportaban al mismo. Su baile continuó lleno de fuerza incluso cuando llegó el sol, un sol que les mostró lo brillante que llegaba a ser su color.



Desde entonces, cuenta la leyenda, que los monocropolianos aprendieron a tejer las prendas con las que "pintaban" el mundo. Y cada vez que llegaba una tormenta, le daban las gracias por ser aquello que les permitió descubrir su verdadero yo.


lunes, 30 de diciembre de 2013

"... Y en el adiós ya estaba la bienvenida"



"... Y en el adiós ya estaba la bienvenida"



El adiós es uno de los actos que más nos cuesta en nuestra vida. Implica pérdida, separación, dejar atrás algo o a alguien…  Por tanto, está unido a un proceso de duelo. Un reajuste hacia esa nueva “etapa sin…”. En él, pasamos por diferentes fases y emociones. El desconcierto, la negación, la tristeza, la rabia, el miedo, la angustia,…  En ocasiones, este proceso puede asustarnos por su intensidad. Otras veces, no lo vivimos hasta mucho tiempo después. No obstante, es un camino inevitable… pero también un camino con un final. Este final pasa por agradecer a aquello de lo que nos estamos despidiendo todo lo que nos ha aportado, y decir un adiós que realmente implique poder mirar hacia el futuro.


Vivimos pérdidas constantemente. Algunas insignificantes como, por ejemplo, aquel jarrón que rompiste el otro día, o el cierre de esa fiesta en la que tanto disfrutaste. Y lo más curioso de todo es que algunas pérdidas sí que estamos deseando vivirlas. Por ejemplo, el final de año. Siempre por estas fechas escucho frases del tipo “a ver si se acaba ya este maldito año” o “qué ganas de que llegue el año nuevo a ver si trae aire fresco”… Parece como si nos apegáramos al futuro con la fantasía de que nos dará algo mejor… para volver tristemente a terminar el siguiente año con la misma sensación… 


Quizá sea bueno empezar a romper un poco de esta dinámica. Romperla pasa por realizar un ejercicio de toma de responsabilidad sobre nuestras vidas, nuestras elecciones y nuestra decisión sobre cómo vivir las cosas que nos sucedan. Será un trabajo de despedida, un trabajo de duelo muy especial.


El primer paso consistirá en tomar conciencia de cómo hemos vivido el año que acaba, más allá de cómo éste ha sido. Las circunstancias pueden ser similares para muchas personas y, sin embargo, la manera de vivirlas muy diferente. Por otro lado, te animo a que no sesgues tu percepción de la realidad, sino que también lleves tu atención a las buenas vivencias que hayas tenido en este año. Quizá al principio te resulte complicado, sólo da permiso a tu mirada para que los vea. 


Por tanto, cierra los ojos, relájate y, como si vieras una película, obsérvate a lo largo del 2013. Remóntate a la primera etapa del año, el invierno. Qué cosas sucedieron y cómo las sentiste. Avanza a la primavera, al verano hasta llegar de nuevo al otoño. Obsérvate en todo el recorrido del año. Cómo estabas. Qué decisiones tomaste. Qué has aprendido. Dónde estabas al comienzo y dónde estás ahora. 


Céntrate ahora en aquello a lo que dices adiós. Aquello que no quieres llevar contigo en el 2014. Aquello que, aunque pueda estar, no lo hará de la misma forma porque has decidido que así sea. Por último, enfoca tu atención en aquello que sí quieras llevar contigo, tus logros y aprendizajes. Tu crecimiento, tu movimiento... Estate muy atento, porque existen. Siempre existen. 


Por último, piensa en tus propósitos. Observa si estás siendo muy exigente contigo al definirlos; qué ocurre si no los cumples; si están en coherencia con lo más profundo de ti; y si te dan alegría interior. Que tus deseos no sean otra forma de oprimirte, sino de estar en el mundo.


Y desde ahí, desde la toma de consciencia de tus logros, de tu crecimiento, de tu ilusión y de tu responsabilidad, con un gran respeto, di adiós a la persona que vivió el 2013 y hola a la que va a vivir el 2014.


¡Felices 365 nuevas oportunidades!




"Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida" Mario Benedetti.












lunes, 11 de noviembre de 2013

Cuentos no contados




Cuentos no contados


Ésta no es una historia cualquiera pero es una historia jamás contada… Y como aquellas cosas que quedan guardadas en el "cajón del olvido" merece al menos que, por una vez, sea mostrada al mundo de la mano de una segunda oportunidad.

Marie era la segunda de cuatro hermanos. Tuvo la suerte de nacer en una familia de clase alta. Contaba con los mejores vestidos, los mejores juguetes, la mejor comida en la mesa… Sin embargo… le faltaba algo muy importante… 


Marie se miraba al espejo y no se veía. Fijaba la vista para conseguir vislumbrar su imagen… pero era imposible. Cada noche se acostaba triste sin saber cómo era, llegando a pensar incluso que era esa mancha gris que se reflejaba en el cristal. Ansiaba conocer el color de su pelo, la forma su sonrisa, el brillo de su piel,…  A la mañana siguiente, con la esperanza renovada, saltaba de la cama y corría al espejo. Cuál era su decepción al ver tristemente el mismo resultado. Marie estaba desesperada hasta que una noche tuvo una idea. Descubriría cómo era a través de lo que le transmitieran los demás. Y así, esperanzada por su hallazgo, empezó a prestar una minuciosa atención a cada uno de los gestos y palabras de su familia.


Su papá, Pierre, apenas estaba en casa. Era un hombre de negocios, trabajaba y viajaba constantemente. Marie intentó acercarse a él, que le contara cosas sobre ella… pero éste siempre “estaba muy ocupado como para jugar a esas tonterías”. Sus hermanas menores, las gemelas, apenas sabían balbucear aún. Por tanto, Marie decidió que su mamá y su hermano mayor serían sus “espejos”. Había comenzado su hazaña. 


Con su hermano no tuvo mucha suerte. Cada vez que iba a jugar con él, éste se burlaba de ella, se reía y la empujaba. A veces se ponía tan agresivo que Marie se asustaba mucho, se quedaba paralizada, como un bloque de hielo… “¿Cómo debo ser para que me pegue de esa forma tan cruel?” Seguramente, una niña horrible…


Marie entonces empezó a pasar todo el tiempo con su mamá. Anne era una mujer de férrea disciplina, empeñada en hacer de sus hijos “hombres y mujeres de bien”. Marie nunca recibía sonrisas de Anne. "¿Sería una niña muy fea?" Si hacía bien las tareas que le encomendaba o repetía lo que su mamá hacía, observaba en ella un gesto asentimiento, similar a un indulto, que ocultaba una pequeña mueca con forma de satisfacción. Su mamá sí que era guapa y sabía hacer las cosas bien. Marie quería ser como ella, tener sus ojos, su pelo, su elegancia,… Así que cada día empezó a imitarla más y más, dándose cuenta de que cuánto más lo hacía, Anne más la miraba.


Curiosamente, sucedió algo extraño. Como envuelta en un hechizo, Marie se convirtió en el espejo de mamá y fue olvidando lo que ella buscaba: su propio reflejo. Conforme pasaban los días, los meses, los años… cada vez se miraba menos en el espejo... hasta que dejó de hacerlo… 


El día que Anne murió, Marie sintió que algo en su interior también lo hacía. Se sintió perdida, vacía, desorientada… Había perdido la imagen que reflejar ¿Qué podía hacer ahora? ¡La necesitaba! ¡Sin ella no podía vivir! Sin esa imagen, ella era sólo aquella niña a quien su hermano pegaba o su padre despreciaba. ¡Necesitaba recuperar esa imagen! Con ella se sentía viva. Tras mucho pensar cómo hacerlo, descubrió que la única forma de lograrlo era viéndola reflejada en los demás. Consiguió encontrar esa belleza, esa manera perfecta de hacer las cosas en los halagos que los demás la proferían al seguir imitando a su madre. Siguió sus pasos, se convirtió en una mujer elegante, regia y disciplinada. Se casó con un hombre de alta cuna, el Sr. Tremaine, y tuvo dos hijas. Todo el mundo la admiraba y eso le daba mucha tranquilidad. Todo estaba bien. Sin embargo, el destino le tenía preparada una sorpresa… 


A los pocos años de tener a su segunda hija, su marido murió en un fatal accidente. Marie se quedó sola con sus hijas y arruinada, al descubrir que éste había malgastado todo su dinero en un juego de cartas… Un capricho del azar hizo que su vida perdiera sentido en una sola baza. Toda la gente de su alrededor, aquellos que la admiraban y halagaban, se marcharon de su lado. Incluso llegó a ser el hazmerreir en muchas reuniones de la alta sociedad. Marie entró en cólera… “¡Nadie se burla de Lady Tremaine!” Se prometió a sí misma que jamás le volverían a arrebatar lo que es suyo. Empezó a buscar desesperadamente marido y, por fin, con el tiempo, se volvió a casar. Encontró un hombre de buena familia, con tierras y patrimonio. Un hombre viudo que también tenía una hija. Pero eso daba igual, volvería a tener nombre, clase, poderío, fortuna, halagos e incluso el miedo de la gente de su alrededor. Volvería a tener la imagen de Anne.


Lo que no sabía Lady Tremaine es que pasados los años, la hija de su marido, una niña que llevaba por nombre Cenicienta, sin saberlo, le arrebataría esa imagen para siempre…




El resto de la historia ya la conocen pero lo que no saben es que, cuando Cenicienta se casó con el Príncipe, Lady Tremaine, presa de la desesperación, mandó construir, asesorada por una amiga -la madrastra de una tal Blancanieves-, una habitación llena de espejos. Y allí pasó el resto de sus días, despertándose cada mañana con la esperanza de que esa vez no vería una mancha gris… Nadie sabe si lo consiguió...


Y como todas las historias, ésta también tiene una moraleja. Sin embargo, no la voy a contar... Te invito a que seas tú el que reflexiones sobre lo que esta historia te transmite ya que eso es... lo verdaderamente importante.


REFERENCIAS:

Imágenes cedidas por la fotógrafa Gema Sánchez Nájera "La mirada de Gema":

jueves, 24 de octubre de 2013

Reconciliándonos con el ser humano












Reconciliándonos con el ser humano

Ayer, como cualquier día, iba en metro camino a alguna parte… Leía pero con la sensación de estar mirando por encima las palabras, excepto una… “opalescencia”… me llamó la atención. Tanto que paré la lectura, levanté la vista y me puse a pensar qué significado tendría tan precioso término.  Y cuál fue mi sorpresa al descubrir que la belleza, en ese momento y en ese lugar, no residía sólo en las hojas de mi libro sino que éste, en un acto de generosidad, me invitó a separar la mirada de sus palabras para ser testigo de algo hermoso también a mi alrededor. Y así, con la facilidad con la que fluyen las cosas sencillas, en tan sólo el lapso de tiempo que el tren tarda en ir desde Tribunal hasta Nuevos Ministerios, pude ser partícipe de algo maravilloso. En una sucesión de actos encadenados, un hombre cedió el asiento a una mujer. Otra viajera dio algo de comer a un indigente que pasaba pidiendo. Y una chica dejó su asiento a una mujer embarazada. De repente, sentí que el amor se había subido con nosotros en aquella estación y se paseaba sutil por el vagón…




Desde ese momento, no pude evitar reflexionar sobre la eterna pregunta: ¿el hombre es bueno o es malo por naturaleza? Lo primero que me vino a la cabeza fue la idea de relatividad del significado de “ser bueno” o “ser malo”, por cuán condicionado puede estar por la cultura. Así que decidí trascender términos tan complejos y acudir a lo que me había enseñado mi propia experiencia de vida. Por tanto, lo que voy a transmitir a continuación no son sino mis propias conclusiones, con el único fin de invitarte a reflexionar a partir de las mismas.

En mi camino de autoconocimiento, y como compañera de ruta de otras personas, he descubierto que cuando miras el corazón de cada ser humano, conoces sus cicatrices y conectas con las circunstancias de su día a día, no hay cabida para el juicio. Y, desde ahí, quizá en un ejercicio de atrevimiento, transformaría los términos “buena” o “mala” acción en “gesto de amor” y “gesto de desamor”.

Según el Análisis Transaccional, el ser humano tiene una serie de necesidades, más allá de las puramente físicas, cuando nace. Podríamos hablar de necesidades psicológicas. Esta teoría contempla una necesidad de estructura, de estímulo y de reconocimiento. Centrémonos en ésta última a la cual, el propio Berne, creador de tales ideas, dio énfasis en su planteamiento, considerándola incluso más importante que las otras dos para vivir

Todos necesitamos sentirnos reconocidos. La manera que tenemos de manifestar este reconocimiento es a través de lo que él denominaba “caricias”. Una caricia, en tales términos, hace referencia a cualquier tipo de expresión mediante la cual un ser humano transmite a otro el mensaje “me doy cuenta de que estás ahí, de que existes”.  Sin embargo, en contra de lo que podamos pensar, las caricias no siempre son positivas. Hay muchas formas de expresar este mensaje… incluso con un golpe. Cuando insultas a alguien también le estás transmitiendo que no es indiferente para ti. Por tanto, las caricias pueden ser positivas o negativas. El ser humano las necesita para vivir, sea como sea, porque si no recibe caricias… “no existe” y esa herida puede ser muy grave. En esta cruzada por tomar conciencia de la propia existencia, el niño puede hacer concesiones en la búsqueda de caricias, y es capaz de aceptar las caricias negativas, antes que no obtener ninguna. Y esto ocurre con una frecuencia mayor de la deseable porque, por desgracia, nuestra sociedad tiene la falsa creencia de que hay que ser precavidos con las expresiones amables, sintiendo que pueden ser una muestra peligrosa de vulnerabilidad (¿miedo?).

Es en este punto es donde observo la posible conexión entre la vivencia de caricias positivas/ negativas y la expresión de gestos de amor/ desamor. Cada vez que realizamos una “buena acción” conectamos con nuestra experiencia de amor, de la misma forma que una “mala acción” puede estar hablando de una experiencia de desamor (entendido como falta de amor, de reconocimiento).  Una maldad es un gesto de desamor, una expresión de mi propia experiencia de caricias negativas. Por tanto, a nivel profundo, es un gesto de desamor hacia mí mismo. No olvides que cuando agredimos a otro, realmente estamos expresando nuestra rabia, tristeza, miedo… generando una situación que incrementa aún más nuestro dolor.

Por todo, desde aquí te animo a que te reconcilies contigo, a que reflexiones sobre tus propios gestos de desamor, los comprendas e ilumines. Que acojas tu dolor y te des el respeto y la comprensión que necesites para transformar tu experiencia dolorosa. Desde mi vivencia te digo que, en la medida que estés conectado contigo de esta forma, lo estarás desde el amor. Y… ahí… descubrirás que en este mundo tan hostil también, y sobre todo,… hay bondad, generosidad, cariño...

Opalescencia es el reflejo del ópalo, un mineral silíceo con algo de agua, lustre resinoso, traslúcido u opaco, duro pero quebradizo y de colores diversos. Reflejemos juntos la belleza del mundo, aunque a veces nos sintamos quebradizos, y ésta aumentará su presencia.


REFERENCIAS:

Berne, E. Análisis Transaccional en psicoterapia. Editorial Psique, Buenos Aires, 1976.
– Juegos en que participamos. Editorial Diana, México, 19ª impresión 1987.
– ¿Qué dice usted después de decir hola? Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1974.
Diccionario de la Real Academia Española. Versión electrónica: http://lema.rae.es/drae/?val=opalescencia